La lectura en mi vida

Desde chico siempre tuve un contacto cercano con la lectura, quizá más que ahora. Antes de que la tecnología me opacara el cerebro, mi mayor fuente de diversión eran las historietas. Me encantaba leerlas. Todavía me acuerdo cuando me dieron la primer historieta, de Gaturro era. Yo más feliz no podía estar. La empecé a leer con la misma emoción con la que un nene abre su primer regalo de navidad. Leía y releía, tanto que casi de memoria me las sabía. Entonces, mis papás empezaron a comprarme todos los tomos, hasta formar la gran colección de historietas que ahora se encuentra en mi biblioteca. Después vino Condorito. Ese gallo, o lo que fuere, era tan genial, y me hacía reír mucho la manera en la que terminaba sus chistes. La edición ‘‘Condorito Oro’’, era lo más. Esas tapas duras que envolvían el contenido, llenas de colores, de vida. Ese olor a tinta en las hojas hechas de papel de diario… La Gloria. Estas historietas fueron como una puerta a mis primeros ‘‘amigos’’, dado que las compartíamos entre nosotros, comentábamos sobre ellas y reíamos un rato.

Hablando de cuentos o libros concretos que leí hasta el día de hoy, nunca sentí que alguno de ellos me tocara el alma tanto como los hicieron las historietas en mi infancia. Hay solo uno de ellos, de los cuales puedo decir que me dejo una ‘‘lección de vida’’. ‘‘El Caballero de la Armadura Oxidada’’, es un cuento de no más de 100 páginas, que relata la historia de cómo un hombre queda atrapado en su armadura oxidada, y los caminos que debe recorrer para poder así librarse de la misma. Es decir, con eso que le pasa al hombre y los acontecimientos que surgen, el libro trata de mostrar que nosotros mismos debemos y tenemos que liberarnos de esas barreras, que a veces nos ponemos nosotros mismos, que nos impiden conocernos en nuestra totalidad. Haciendo esto, podemos aceptarnos para lograr así, dar y recibir amor de la mejor manera.

 

 

 

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